La tierra ruge
Para la mayoría era una noche normal. Nos acostamos después de las charlas de taberna, cansados de trabajar y ganarnos la vida con el sudor de nuestras frentes. Sí, es cierto que las elfas vemos por la noche igual que si fuera de día, que el sueño es algo opcional. Pero eso no quita que las que vivimos en una ciudad, nos adaptemos a sus horarios. Después de todo, a partir de cierta hora no hay mochilas que vigilar y no todas las noches hay algún negocio pendiente.
Britannia dormía más o menos plácidamente esa noche. Y después se despertó de golpe. Gritos apagados, candiles que se encendían apresuradamente, gente saliendo a las calles a la carrera. Y nos íbamos mirando a los ojos y descubríamos en nuestro reflejo en la mirada ajena que todos estábamos nerviosos por la misma razón. Todos habíamos tenido el mismo sueño, con el mismo realismo, con idéntica certeza de que era algo más que un sueño, de que era algo real. Todos y cada uno de los britannienses soñamos con un temblor de tierra, con un rugido sordo que se tragaba todas las edificaciones que aparecían en nuestra visión.
Poco a poco llegó la calma a nuestros corazones. Recordando el sueño, no eran nuestras casas las que caían, devoradas por la propia tierra enfurecida. No eran nuestros hogares los que se derrumbaban sobre nuestras cabezas. En las edificaciones de otros, en nuestras visiones eran las casuchas que están al oeste de nuestra ciudad las que desaparecían sin dejar ni rastro. Y lentamente, la mayoría de britannienses volvimos a nuestro descanso, nerviosos por un sueño compartido pero alegres porque no era en nosotros sobre quienes se cernía la desgracia. Un cambio agradable, contando la dura vida de mis conciudadanos.
En los días siguientes comenzaron a aparecer por Britannia profetas, charlatanes y vendedores de humo que proclamaban saber más sobre el desastre. Los oídos más ingenuos eran los únicos que les hacían caso hasta que por un azar del destino, me sorprendí a mi misma corroborando un dato: todos decían que la destrucción vendría el próximo domingo. Y seamos sinceros, esos locos jamás se pondrían de acuerdo entre sí, algo de cierto tenía que haber.
Pocos les creyeron pero hay quienes sí lo hicieron. Los propios habitantes de las casas del oeste de Britannia. Llevan toda la semana preparando mudanzas, asustados por haber soñado lo que creen una profecía. Solo un puñado de casas permanecen ocupadas, aquellas más grandes donde se reúnen muchas personas de una misma facción. Apenas un puñado.
Aguardamos intrigados el domingo, expectantes por saber si la tierra rugirá realmente. Yo por si acaso descansaré al raso en el parque del este, lejos de paredes que podrían caerseme encima.